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![]() La ventanilla, bajada. El brazo, descansando sobre ella. Un parabrisas sin horizonte. Calles que se suceden, dejando una atrás a la otra. Como los transeúntes que por ellas caminaban sin rumbo. Se cierra los ojos, para con ello, en un intento, se procurara eludir la situación. Respiración profunda, acompasada. Mirada esquiva. Intentos por expulsar a brotes palabras que no lograban emanar más allá de su propia contención, en la mente. Un suspiro, encuentra otro como respuesta en eco. Al unísono. Solo aquello atisba una leve sonrisa dibujada en sus labios y el gesto de achinársele los ojos al conductor. El vehículo prosigue su recorrido ilógico, sin sentido, sin rumbo. Unas manos, al volante. Otra: en la frente. Dos brazos, opuestos, en enfrentadas ventanillas abiertas de par en par. Se intuían sus respectivas miradas, sin cruzarse… sin quererlo hacer tampoco, deseándolo y temiéndolo. Soñando sólo ese cruce de miradas, que podrían servir de antesala a eventos posteriores. Aún sin poder conducir, lo hacía. Era lo único que le permitía mantener su mente ocupada en algo más que en la comprometida situación. –O, al menos, se pretendía convencer de ello. Aunque sabía que sólo era eso: “intentarse convencer, sin lograrlo”-. Las prolongadas líneas blancas de la calzada, les llegaba a la mente en forma de encrucijadas laberínticas, sin salida. La mano sobre la palanca de cambios, sentía el calor de otra mano que se la insinuaba sin rozarla. Extremada sensación de proximidad. Esperaba el roce, al tiempo que pretendía evitarlo. Lo ansiaba: y luchaba porque no se produjera. Quien debía provocarlo: también lo deseaba, también lo pensaba, también lo controlaba. Entre la indecisión y la lucha… la mano avanzaba con lentitud, por el espacio. Y justo en el momento más probable, mas propicio para materializarse… la caricia de las manos, sólo lograron convertirse en un sinuoso encadenamiento de sus respectivos meñiques, por a penas un segundo. Un instante mínimo, casi inexistente. Pero aún ante la brevedad aquello logró convertirse en el pretendido resultado de la constante lucha entre el querer y el ser. Fruto de la arrogante paradoja de alcanzar lo deseado sin rozar lo temido y anhelado. El silencio se rompió sin producirse brote alguno de palabra, transmitiéndose una incesante sucesión de sensaciones. Emociones nunca más antes percibidas por el roce de la punta de unos dedos. Irrupción de escalofrío, sudor húmedo recorriendo las frentes. Temblor en piernas descansadas sobre la alfombrilla. Y gestos contenidos para no mostrar al otro la realidad más evidente. Sus miradas continuaban permaneciendo esquivas, sin tener que significar ello que no se estuviesen mirando. Al fin sus miradas lograron cruzarse, alcanzarse. Intercambiándose la una con la otra. Justo en el momento en el que se apearon del vehículo, aún cuando jugaba con las llaves entre sus manos. Se detuvo, para mirar a quien descansaba con los brazos cruzados sobre el techo y con la mirada buscándole. Con su mirada, reclamando la suya. En respuesta, sus ojos se les sesgaron. Los ojos se le achinaron y la cabeza giro con lentitud hacia el suelo. En pudoroso gesto esquivo, al escuchar las palabras que llevaban mensaje cifrado que supo descifrar: “¡jodete! ¡jodete! ¡jodete!”. Susurro aleteado por el viento que supo llevarle mas allá de sus propios oídos. Palabras que llevaban sentido contrario al que expresaban. Quién las pronunciaba se le aproximaba, por la parte de atrás del coche, arrastrando por todo él el dedo índice de su mano derecha. Paso lento. Paso testimonial. Paso decisivo. Paso, a paso… hasta situársele tras sus espaldas. Le sintió el aliento recorrer desde su nuca, hasta su sien. Pasando por la parte mas baja de su cuello. La espalda se le estremecía al sentir en ella su pecho. Un movimiento brusco de su adversario, le provocó arquear todo su cuerpo con la mirada perdida en lo más alto del cielo; como buscando fusionarse en él. Las caderas le habían sido tomadas por unas manos firmes, gruesas, grandes. Unas manos que se desplazaban hasta alcanzar su vientre. Las suyas, pendieron sobre sus brazos inertes. Deslizándose por entre sus dedos las llaves que sostenía hasta que alcanzaron el suelo. Comenzó a sentir que el pecho que le oprimía la espalda se deslizaba por toda ella, hacia abajo. Lo mismo que sus glúteos, sus caderas, sus piernas. Las manos que recorrieron sus caderas recogieron las llaves del suelo, para llevarlas a aquellas de las que se resbalaron. Con intensidad, con fuerza, con arrojo. Sintiendo presionadas las llaves entre su mano y la que se las había entregado. Ambas manos aprisionaban las llaves en su interior, logrando percibir punzamientos cada vez más agudos. Los dedos de ambas manos estaban encadenados entre sí. Atrás quedaba el vergonzoso saludo de sus meñiques sobre la palanca de cambio. Su pecho, en su espalda. Sus manos, unidas. El aliento recorría su cuello. Su vientre recibía las caricias que lograba estremecerle. Los muslos, tensos. El cuello se le estiraba y descubría “el beso del vampiro” que eran succionados, besados, lamidos.
21/05/2008 11:48 Autor: quiseseragua. #. |
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